SALTOS
En esta oportunidad me encantaría compartirte algo que escribí hace un tiempito atrás acerca de las decisiones que tomamos cada día y los desafíos que ello implica. Espero que si estas teniendo que tomar una decisión después de esta lectura cortita te animes a dar el salto...
Si tuviéramos que definir a la vida en una sola y única
palabra yo la definiría con SALTOS. Momentos en los que uno tiene que decidir
si quedarse donde está o moverse. Saltar hacia adelante: a lo desconocido, a lo
que no sabemos si es seguro, saltos simplemente para no quedarse quietos, para
no estancarse.
Hay Saltos que dan miedo, otros que nos obligan a pasar del
otro lado, hay algunos que nos cuestan, y otros que nos entusiasman y nos
motivan; en fin hay muchos saltos que dar en la vida. Y hay saltos que no se pueden
dejar de dar.
Uno salta muchas veces cuando siente que está listo para
hacerlo, pues muchas veces el temor le gana a la valentía de querer saltar
aunque no sepamos si hay piso firme adelante. Otros solo deciden quedarse
quietos, como esperando que venga una carrosa y los lleve hasta el otro lado,
pues no se quieren arriesgar. Y algunos pocos saltan hacia adelante sin tener
algo concreto, sin estar seguros que hay algo firme, pero la intriga de saber
si hay algo más adelante los hace saltar.
Cantidad de sentimientos se entremezclan en cada salto. Llantos,
rizas, alegría, temor, incertidumbre, mirar para adelante con ilusión, mirar
para atrás con profunda pena, sentir el desarraigo... Tener paz es la clave
antes de cada salto, pues lo que se gana en cada paso no se pierde sino que se
va acumulando.
La distancia entre salto y salto no es olvido de lo que paso,
de lo que quedo atrás sino que es progreso, crecimiento, es madurez. Y cada vez
que nos volvemos a parar frente a un nuevo salto nos acordamos de los
anteriores y miramos hacia adelante con expectativas de lo nuevo que vendrá, de
lo nuevo que puedo aprender.
En la vida y en el ministerio hay infinidad de saltos que dar. La
gran mayoría dan temor y más aún cuando sabemos que es lo que nos espera
adelante. Pues nos da miedo cuando nos comparamos con los demás y condicionamos
lo que Dios puede hacer en nuestras vidas y a través nuestro por el simple
hecho de pensar: “…y si a mí me pasa lo mismo…”. El no saber qué es lo que
puede llegar a pasar con lo que dejamos atrás: la familia, los amigos, alguna
carrera, algunos sueños… Pero en ese momento, cuando estamos cegados por el
temor, lo que no podemos ver es lo grande que nuestros sueños se pueden hacer
más adelante, que la familia siempre va a estar ahí, y que los amigos (si son
verdaderos) nos van a acompañar en ese proceso.
La gracia en cada salto es SALTAR, es arriesgarse, es tirarse
de cabeza “como viendo al invisible” en la perfecta y soberana voluntad de Dios
sabiendo que Él tiene el cuidado de nosotros y de todo lo que “dejamos” atrás.
Cuando Dios nos pide que saltemos, la cabeza se nos llena de
preguntas, de dudas, de temores que nos impiden ver, muchas veces, más allá de
nuestras propias narices. Tiene que volvernos a hablar, mandar a personas
(amigos o desconocidos) a que nos confronten con la realidad, a que nos digan
lo que no queremos escuchar pero que es necesario. Lo cual nos da el último
empujoncito que necesitábamos para dar el gran paso de fe y saltar.
Tal vez, uno de los saltos más difíciles es cuando de esa decisión, de ese salto, dependen otras personas como los hijos o nuestro conyugue, y la necesidad de tener que tomar la mejor decisión para no afectarlos para mal. Creo que más que nada el temor radica en el miedo a fallar, a equivocarnos, a dar un mal salto y caer. No nos damos cuenta que donde nos caímos nos podemos volver a levantar sin temor con la plena seguridad de que hay mas camino y que podemos seguir caminando por él. Que donde nos equivocamos, tenemos la posibilidad de arreglar las cosas, volver a intentarlo y seguir adelante. Cuando Dios les hablo a mis padres de mudarnos de Moreno a Grand Bourg, por ejemplo, una de las cosas que ellos hicieron antes de dar el salto fue hablar conmigo y mis hermanos, para ver que opinábamos, oramos juntos y tomamos la decisión de obedecer a la voz de Dios. No fue fácil, per hemos visto y vemos la mano de Dios a diario con nosotros.
“No es necio el que no deja lo que no puede perder, sino el que no deja lo que después puede tener” frase que una vez dijo una profe en el instituto y que me impacto mucho, pero que la gran mayoría de las veces pasamos por alto la gran enseñanza que tiene. Muchas veces nos empecinamos con algo que queremos tener, no saltamos por eso y no nos damos cuenta que aunque saltemos no lo vamos a perder. Otras tantas no lo hacemos pues nos afanamos por lo que no tenemos y queremos, pero que tal vez no es el tiempo oportuno o no estamos preparados para tenerlo y que quizá, podemos alcanzarlo más adelante. Esto numerosas veces nos frena, pero debemos superarlas y atrevernos a saltar.

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